jueves, agosto 10, 2006

Perdón, pero tu orejas no me gustan. Nada. Nada.
Ahí, siempre tan apropiadas, incansables, como un nudo de carne, sin asperezas ni extremos. Incondicionales vigilando tus costados y tu atrás. Cuidando y hablando calladas a tu cerebro.
Tan impasibles, nunca una chispa, un gesto, un temblor o un movimiento repentino. Sólo a ellas las podés llevar desnudas de tan decentes que son, incapaces de irse de tu cráneo, para acariciar otras orejas por debajo de la mesa.
Puestas como perfectas señales de una buena confección, como la etiqueta de un buen vestido. Intenté desenroscar sus bordes tirando con mis dientes, masticar tus lóbulos, seguir con las puntas de los dedos las curvas, los relieves y los huecos, besarlas detrás, en ese lomo de hueso del que brotan.
Y nada. Pérfidas como la madrastra de Blanca Nieves. Ni ruborizadas las muy perfectitas. Nada. Nada.