El trabajo

La mañana ruge en Moreno, entre el chirriar fino y maligno de las molas, andando contra las paredes mientras los clarks van y vienen, buscando víctimas, Ariel también va y viene, que no, no, no tiene presupuesto para un ramal de alimentación extra, no habrá caldera, arreglarse, Claudia pide a gritos las bombas de la planta de tratamiento, que la factura ya corrió, pero las bombas o están o están, mientras el asesor de operación de carnes se arrastra tratando de que alguien se dé por enterado que necesita una rielera para granja, que Senasa le avisó que no habilitará si hay productos en canasto pero no importa, Carlos con su cara de mal dormido o enojado, no sé, acumula pero no habla con dos gremios delante, Jorge, el más afectado, grita a un contratista porque encontró todos los perfiles de la escalera mal amurados, que no puede ser que eso esté mal, qué cuernos saben hacer, a levantar, recuadrar y epoxi, estamos en el horno.
Escucho a Laurita por la radio reclamar gente para mover el equipamiento de cocina que hay que conectar. Vanin parlamenta sigiloso con los de refrigeración, eso será luego, tal vez esta tarde misma, una bomba por mail. Cuando el gerente de alimentos me pregunta cuándo vienen los evaporadores de feteados, decido irme a otro lado.
Me voy a la nave de traspaso de mercaderías, ya terminada. Apenas un puñado hace silenciosamente algunos repasos, la limpieza, revisión de rociadores, un electricista (que no falta jamás en ninguna foto) algunas llaves tintinean ajustando racks.
Pareciera que la obra es un inmenso adolescente, desmañado, desproporcionado aún, sin destino a la vista, pero listo, durmiendo al sol que entra a chorros por las lucarnas.
Miro al voleo, esperando que las cosas me llamen por si mismas. Las escaleras de escape son endebles, la malla, será la que especificamos? o el herrero ahorró? tengo que fijarme para la próxima, el cable que se ve al fondo, va sin cañero? o es tensión de obra?. El piso nivelado a la perfección, liso, sin un poro a la vista, tranquiliza.
Veo venir a alguien con la campera roja de los metálicos, que pasea plácidamente. Donato. Delgado, con el casco siempre a punto de ser demasiado pesado para él, pisando con la delicadeza de un ingeniero de tablero. Nos saludamos. Sonríe a su manera suave, y me dice que está conforme, que él le pondría un ocho al edificio, que está bien, y recuerdo que él fue el primero con quien nos sentamos, solos, luego de las licitaciones, y abriendo un plano me dijo “los problemas van a estar acá, empecemos a por esto”. Y después trabajamos, peleamos, discutimos, nos culpamos mutuamente, pero ahora me puso un ocho. Tiene razón. Me gané las vacaciones.