miércoles, julio 26, 2006



Buscaba dónde había dejado suelta mi vida, con el corazón prendido por muchos piolines, cuando se desató la tormenta. Piedras como piedras, como nunca, como si por rara casualidad el cielo y yo fuéramos el mismo grito, oscuros, tambaleantes.
El jardín, arrasado en un presagio.
Por favor, enciendan fuego.
Ya vendrá una mano ancha a plantar uno a uno los gajos arrancados, los quirófanos se abrirán, las alas suavemente posadas en tierra y una vez más terminará el invierno.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Paula, me ha conmovido profundamente lo que has escrito,quizás porque nadie puede entender mejor el sentido de cada una de tus palabras, el desgarro de
cada silencio. Yo lo he vivido.
Tú y yo lo sabemos (no hace falta que ponga mi nombre).

Mi abrazo más afectuoso.